Siete Años de Angustia

17.06.2019

Este viaje lo prepararé con cuatros meses de anticipación. La reserva del hotel, los vuelos, todo listo y preparado para un viaje se suponía de ensueños.

Creo que a Rebeca y a mí nos hacía mucha falta estar solos, la miro y también la veo con mucha ansiedad por el viaje. La última vez que viajamos juntos y solos, fue antes que naciera Sebastián, de ahí en adelante nunca más volvimos a viajar así.

La noche previa a nuestro viaje, hablamos con los muchachos haciendo todas las advertencias de rigor. A pesar que ellos están grandes, nunca dejarán de ser "niños" para nosotros, sobre todo Florencia la menor, recién cumplió 18 años.

Cuando llegamos al hotel, en Santo Domingo, nos reciben muy bien. Hay una persona de la agencia de viajes que nos da la bienvenida y nos indica los itinerarios que tenemos. Ese día nos quedamos en el hotel descansando porque el viaje estuvo pesado, creo que en mucho tiempo no me sentía tan relajado.

Al día siguiente nos levantamos temprano para ir al City Tour. Visitamos el lugar de desembarco de Cristóbal Colón, los museos de historia, donde comenzó la colonización de América. Estuvimos todo el día recorriendo y conociendo, fue muy extenuante, pero muy divertido.

Al día siguiente fuimos a la playa, con aguas muy cálidas y cristalinas, todo muy hermoso, con Rebeca nos tomamos unos tragos y conocimos a otros turistas de distintos países, por la tarde estuvimos en la piscina del hotel y ahí nos enteramos de una fiesta que se realizaría en la noche una "Sensation White", así que fuimos al centro comercial a comprar ropa blanca para poder ingresar a la fiesta.

Con Rebeca bailamos y nos divertimos muchísimo, por primera vez estábamos desconectados de la casa, del trabajo, de las preocupaciones y responsabilidades del día a día. Rebeca me dice de forma muy picaresca:

  • Manuel ¿qué te parece si terminamos la fiesta en el cuarto?
  • ¡Mmm! Parece que la fiesta que habrá en el cuarto va a ser más interesante que esta ¡vamos!

Nos fuimos a la habitación, riéndonos y besándonos en cada esquina hasta llegar a la puerta, ahí le hice una propuesta muy indecente, parecíamos dos recién enamorados. Me recordó cuando estamos recién de novios, todo hasta ahí era perfecto.

Hicimos el amor como hace mucho no lo hacemos. No sé si fue el clima, los tragos, el ambiente o simplemente estar relajados que lo disfruté muchísimo. La miraba a los ojos y la encontraba hermosa, tanto o más que el día que la conocí.

Al día siguiente nos levantamos a tomar desayuno. El desayuno del hotel es bufet, lo que yo agradecí, ya que probé muchos sabores nuevos y las frutas muy frescas, hasta que un señor de la recepción va hasta nuestra mesa y me dice que tengo una llamada urgente de mi casa y que es importante que la atienda.

Miré a Rebeca y vi en su cara terror y yo creo que ella vio lo mismo en mi cara, la tome de la mano y nos fuimos a la recepción del hotel. Cuando escucho la voz al otro lado del teléfono, es la voz de mi hijo Sebastián que me dice llorando:

  • ¡Papá! ¡mi hermana! ¡regresa por favor!
  • ¡Sebastián! ¡Cálmate! no logro entender dime ¿Qué le pasó a Florencia?

Miro a Rebeca y ella está con los ojos abiertos como plato.

  • ¡Papá! ¡regresa pronto por favor! ¡te necesito! ¡no sé qué hacer!
  • Pero Sebastián, ¡dime qué pasa con tu hermana!
  • ¡La atropellaron! Saliendo de la universidad y ¡está muy mal! ¡por favor regresa papá!
  • ¡Sebastián por favor cálmate! Llama a mi hermano Alfonso para que te acompañe, él sabrá qué hacer. Por lo pronto voy a ver qué hago para volver hoy mismo.

Rebeca me mira, veo la angustia en su cara y me pregunta:

  • Manuel ¿Qué le pasó a Florencia?
  • Rebeca a la nena la atropellaron saliendo de la universidad.

Rebeca rompe en llanto y yo trato de consolarla y le digo:

  • Amor ahora debo llamar a la agencia, para que nos adelanten el vuelo, al próximo que salga para Chile.

Después de hablar con la agencia y pagar la diferencia, a las dos de la tarde nos estábamos embarcando de vuelta a casa. Sólo que el vuelo tiene una escala en Lima, así que durará 16 horas el viaje.

Cuando hablo con mi hermano Alfonso me dice que Florencia está muy grave, ya que además de tener fracturada la cadera por el impacto del auto que la atropelló, se golpeó la cabeza y está en coma.

¡La angustia es terrible! ¡Estar tan lejos y no poder hacer nada y tener que esperar! La espera me está matando los nervios y me pregunto ¿Cómo estará mi niña? ¡Mi Florencia!

Las 4 horas de espera en Lima se me hicieron eternas. Estuve en constante comunicación con Sebastián y Alfonso, pero creo que me están ocultando algo. Puedo notar en sus voces que están muy nerviosos y preocupados. Me indican que le realizaron exámenes a la cabeza, pero aún no están los resultados.

El vuelo de Lima a Santiago duró 5 horas, pero para mí fueron como 20. La desesperación era muy grande, pero no podía demostrarlo, debía estar fuerte para Rebeca, ella estaba deshecha y sólo decía:

  • Manuel no debimos dejar solos a los niños, me muero si le pasa algo a Florencia.

Yo lo único que podía hacer era tratar de calmarla y decirle que todo iba a salir bien.

Cuando llegamos a Santiago nos fuimos directo del aeropuerto a la clínica. Hablamos con el médico que está atendiendo a Florencia y nos dice que mi pequeña tiene un coagulo de sangre en la cabeza y que no es posible sacarlo ya que es muy arriesgado.

Rebeca únicamente llora y maldice. Yo por más que trato de calmarla, creo que ya no lo voy a lograr, porque yo estoy igual y le pregunto al médico:

  • ¡Entonces! ¿Qué hay que hacer?
  • Manuel, tenemos dos alternativas. La primera es esperar que los medicamentos logran disolver el coágulo y la segunda es hacer una intervención, pero, debo informarte de que realizar este tipo de intervención es de mucho riesgo.
  • Pero ¿Qué podría pasar?
  • Es de tal precisión que cualquier complicación, Florencia, podría quedar vegetal o morir.
  • ¿Pero las probabilidades de éxito?
  • Sólo el Cinco por ciento Manuel.

Después de la operación, el médico nos indica que la intervención falló y que nunca va a despertar del coma.

Con Rebeca nos abrazamos y lloramos juntos. ¡Esto es terrible! ¡Mi pobre hija!

¡Estamos muy felices con Rebeca! Hoy en la terapia, después de siete años, Florencia mi pequeña ¡al fin logró mover una mano!